Pervertimento y Otros gestos para nada (1); José Sanchis Sinisterra; Discronía:

¡Si vieras!... Ayer me ocurrió algo extrañísimo. Estaba yo aquí, en esta sala, sentada en este mismo sillón, hablando con un viejo amigo –Sergio, se llama-, cuando tuve de pronto la impresión de que no me estaba escuchando. El hecho en sí no es nada anormal, ya que es una persona muy distraída... Se trata de un profesor de griego obsesionado por su trabajo, que va siempre cargado de libros y papeles, muy miope, fumando en pipa un tabaco horrible y vestido como un bohemio de fin de siglo. Ya sabes: una enorme chaqueta de pana, camisa a cuadros, corbata de lazo, gorra y unos pantalones demasiado cortos y demasiado anchos... Un esperpento, vamos... Pues, como te decía, estaba hablando con él, contándole no sé qué, algo que me había pasado el día anterior, creo, cuando tuve la impresión de estar hablando sola... No... ¿Cómo te explicaría? Él estaba aquí, como tú, y parecía escucharme, pero yo me di cuenta de que estaba en otra parte o, mejor, en otro momento, ¿comprendes?... No, no es eso exactamente... Estábamos los dos en el mismo lugar y en el mismo tiempo, sí, pero había algo que nos... desajustaba... No, no es esa la palabra. Él me miraba con extrañeza, se quitaba las gafas cada vez más nervioso, se frotaba los ojos, miraba a su alrededor , se golpeaba los oídos, se limpiaba las gafas con un pañuelo, feísimo, por cierto... un pañuelo con el que se seca continuamente el sudor cuando explica los verbos... luego se ponía las gafas y volvía a mirarme fijamente. Yo no sabía lo que pasaba, pero me daba cuenta de que algo raro estaba pasando y de que no escuchaba mis palabras o, si las escuchaba, no las entendía o, si las entendía, le llegaban desde no sé dónde; desde luego, no desde mi boca, que era quien las pronunciaba en aquel momento, de eso estaba yo segura... Como que precisamente por eso no paraba de hablar y hablar: a ver si así conseguía acabar con esa sensación tan molesta; molesta para mí y molesta para él, eso se notaba a primera vista, porque empezó a sudar y a sudar, como explica los verbos griegos, y a secarse la frente con el horrible pañuelo amarillo. Yo no sólo la frente, sino también las mejillas y el cuello y las manos y... De pronto, se ve que no pudo más y se puso en pie de un salto. Abrió la boca y me señaló con el dedo, sin duda iba a decirme algo, así que yo me callé, para darle ocasión.
Pero él dio un gran suspiro de impotencia o de desesperación, no sé, y empezó a caminar a grandes pasos por la sala. Yo, naturalmente, me había puesto otra vez a hablar para aliviar la situación, y además fui a servirme una copa. Sergio no bebe, es abstemio, además de vegetariano, lo sé de siempre, pero a pesar de todo le ofrecí, ¿quieres tomar algo?, por conectar con él, supongo. Él ni me contestó, seguía dando zancadas por ahí, tropezando incluso con los muebles. De pronto, cuando iba a llevarme la copa a los labios, así, el reloj del salón dio una campanada.
Una sola campanada, ¿comprendes?, sonora, vibrante. ¿Te das cuenta?, le dije. Esto es absurdo: un reloj no da nunca una sola campanada, ni siquiera a la una, primero suenan los cuartos, que son dos campanaditas menudas cada uno... Él, entonces, se detuvo en seco y escuchó atentamente, casi con ansiedad, sin duda esperando otras campanadas que pusieran las cosas en su sitio. Pero no hubo más. Y yo pensé: Ahora gritará, estoy segura; no sé por qué, pero estoy segura de que va a gritar...
Y, en efecto, gritó, y se quedó ahí plantado, temblando de excitación... Y secándose el sudor con el pañuelo amarillo... ¡El pañuelo amarillo!, pensé. Y de un manotazo se lo quité y lo examiné detenidamente... ¡Aquí está!, le dije: El pequeño desgarrón en el centro... Su pañuelo tiene un pequeño desgarrón en el centro...Su pañuelo, ¿comprendes?, su único y horrible pañuelo amarillo, porque no es posible que tenga varios, media docena, por ejemplo, y todos con este pequeño desgarrón en el centro... A no ser que se trate de un defecto de fábrica, pero sería muy extraño, ¿no crees?, aun en alguien tan extravagante como Sergio, comprar un juego completo de pañuelos amarillos, media docena, por ejemplo, todos con un desgarrón idéntico en el centro... ¿Me sigues? Él no me seguía nada. Parecía escucharme, sí, ahí plantado, temblando, mientras yo le hablaba de su pañuelo y lo agitaba así, como una bandera, ante sus ojos abiertos, saltones, giratorios... Y buscaba las palabras para decirle que había encontrado la solución a nuestro problema. Porque era un problema, estarás de acuerdo, aquella situación, aquella sensación tan desagradable de estar allí, los dos, en el mismo lugar, en el mismo momento, hablando de algo que me había pasado el día anterior, creo, y, sin embargo, notar aquella... aquel... ¿cómo llamarlo?, aquel desajuste. No, no es esa la palabra... Él entonces, sin previo aviso, de un manotazo trató de quitarme el pañuelo, pero falló el golpe y entonces yo, asustada, retrocedí gritando: ¡Atrás, atrás! ¡Detente!... Y se detuvo en seco, justo cuando ya se disponía a saltar sobre mí. Quédate así un momento, o mejor, ponte cómodo, mientras encuentro las palabras para decirte que he encontrado la solución a nuestro problema, porque es un problema, estarás de acuerdo, esta situación, esta situación tan desagradable de estar, etcétera, etcétera. Algo pasa con el tiempo, amigo Sergio, que no pasa, que no pasa como Dios manda. Quién sabe cuál es la causa, ni cuáles pueden ser las consecuencias. Pero mucho me temo que, si no hacemos algo, y pronto, en esta situación tan mema nos va a dar la eternidad. Por tanto, escúchame bien: hay que hacer algo irreparable, ¿comprendes?, irreversible, no hay otra salida. Si hacemos algo irreparable, irreversible con, por ejemplo, este horrible pañuelo amarillo que tiene un desgarrón en el centro, con este único y feísimo pañuelo amarillo que tan bien conocemos todos, podremos tener la seguridad de no encontrarnos de nuevo mañana aquí, yo contándote no sé qué, algo que me ha ocurrido hoy, creo, y tú mirándome con esa misma expresión de espanto y desvarío. Así pues, Sergio, amigo, no tienes más remedio que comerte el pañuelo.
Él me miró perplejo, quizá sin comprender del todo mi hábil estratagema, pero no pudo evitar que el asombro le hiciera abrir la boca más de lo acostumbrado, circunstancia que yo aproveché para, con un rápido gesto, ¡zas!, meterle el pañuelo en las fauces.
Él es un hombre de reflejos lentos, todo hay que decirlo, de modo que tuve ocasión de explicarle la cosa con detalle: El tiempo es traicionero, amigo Sergio, bien lo sabemos. A veces parece jugar con nosotros, y hasta consigo mismo. Pero hay una ley inexorable que no puede burlar: lo que ha sido no puede volver a ser, sí, pero lo que dejó de ser, no será nunca más. Por ejemplo: el pañuelo. Mastícalo despacio y a conciencia, y trágatelo todo como un hombre...
¿No querrás tomar algo, para que pase mejor?, le dije...


ACOTACIÓN QUE, EN RIGOR, DEBERÍA PRECEDER A ESTE TEXTO:
En escena, un Hombre y una Mujer, sentados en sendos sillones. Él va cargado de libros y papeles, lleva gafas de miope, fuma en pipa y viste una gran chaqueta de pana, camisa a cuadros, corbata de lazo, gorra y unos pantalones cortos y anchos. Su comportamiento coincide exactamente –segundos antes, segundos después- con el que la Mujer refiere de Sergio (que, por cierto, es también su nombre). Su pañuelo amarillo tiene un pequeño desgarrón en el centro. El comportamiento de la Mujer repite, asimismo, y en simultaneidad, el que aparece en su relato. En un momento dado –fácil de localizar- se escucha una campanada sonora y vibrante. El grito de Sergio también se produce en el momento adecuado. Al final, mientras Sergio mastica concienzudamente el pañuelo, puede escucharse otra campanada sonora, etcétera, o quizá muchas. Queda al criterio del director la reacción de los personajes.