La muerte de Dantón (1); Georg Büchner:
Marion: No, a ver, deja que me quede así por una vez. Mi madre fue una persona muy lista; decía siempre que la castidad es una virtud muy hermosa. Cuando venían visitas a mi casa y empezaban a hablar de ciertos asuntos me mandaba salir de la habitación. Cuando le preguntaba qué querían las visitas me contestaba diciendo que tendría que darme vergüenza. Cuando me daba un libro a leer, casi siempre tenía que saltarme unas cuantas hojas. Menos la Biblia; la Biblia la leía a mi antojo, que todo era sagrado; aunque venían por allí unas cosas que no entendía ni podía preguntarle a nadie; las rumiaba por mi cuenta. Hasta que un día llegó la primavera; me pasaban cosas por todas partes, cosas en las que no tenía arte ni parte. Acabé encerrada en una atmósfera especial; casi me ahogaba; me dio por contemplarme las partes del cuerpo; había veces en que tenía la sensación de desdoblarme y que luego volvía en mí misma. Por aquella época entró en mi casa un muchacho, guapo y aficionado a decir disparates. Yo no sabía a ciencia cierta qué quería, pero me hacía reír. Mi madre le mandaba muchas veces recado para que viniera y los dos estábamos encantados. Con el tiempo llegó el día en que no alcanzábamos a ver por qué no podíamos estarnos tendidos entre un par de sábanas, si al fin y al cabo podíamos estarnos sentados el uno al lado del otro y cada cuál en su silla. Yo disfrutaba más que de plática con él y no comprendía por qué me consentían lo pequeño y me privaban de lo mayor. Lo hicimos de escondidas. Y así siguió un tiempo. Pero yo me convertí en una especie de mar que todo lo devoraba, un torbellino que cada vez se arremolinaba en honduras más profundas. Para mí en todo aquello acabó habiendo sólo un contrario, los hombres fueron fundiéndose todos en un solo cuerpo. Así era por naturaleza, ¿quién es capaz de dejarla de lado? Él al final se dio cuenta. Una mañana llegó y me empezó a besar como si fuera a asfixiarme, estrujándome el cuello con los brazos; pasé un miedo q no se puede contar. Entonces me soltó y me dijo entre risas que había estado a punto de cometer una tontería, que siguiera con el vestido puesto y le diera quehacer, ya se desgastaría solo, que tampoco quería aguarme la fiesta antes de hora si era lo único que tenía. Luego se marchó y yo volví a quedarme sin saber lo que pretendía. Aquella tarde, mientras anochecía, estuve sentada en la ventana; soy muy impresionable y basta una sola sensación para que compenetre con todo lo que tengo alrededor; me quedé sumida en las oleadas del crepúsculo. En ésas pasó un tropel calle abajo; los chiquillos corrían por delante y las mujeres se asomaron a las ventanas. Miré hacia abajo y lo llevaban a él dentro de un cesto; la luna le alumbraba aquella frente tan pálida, llevaba los rizos mojados, se había tirado al río. Tuve que llorar. Ése ha sido el único desgarro que he tenido en mi vida. Los demás tienen sus domingos y sus días de labor; trabajan seis y el séptimo rezan; una vez al año se emocionan, cuando llega el cumpleaños, y una vez al año meditan, por Año Nuevo. Yo de todo eso no entiendo nada. No sé de recodos ni de mudanzas. Siempre soy la misma. Un anhelo y un asirlo todo que nunca se acaban, una brasa, un río. Mi madre murió de pena y la gente me señala con el dedo. Pero es una tontería; a fin de cuentas siempre se va a parar a lo mismo, a lo que más le plazca a cada cual, tanto da que sean cuerpos, estampas de Cristo, flores o juguetes de críos; la sensación es la misma, quién más disfruta es quién más reza.