Horacio Licera; El nuevo Tótem:
Históricamente el centro de la casa fue el ámbito de la
cocina y dentro de éste el lugar del fogón, que con el tiempo
también se llamó cocina. A la vuelta de los años
ese centro se ha desplazado algunos metros. ¿Cuál suponemos
que es el lugar de la casa con que más interactuamos?: ¿La
biblioteca del comedor?, ¿La libreta de teléfonos?, ¿El
ático?, ¿El cesto de costura?. De ninguna manera, el nuevo
tótem del hogar es la paralelepípedo heladera.
-Si quiere hacer de comer planea con la puerta abierta de la heladera.
-Si no quiere hacer de comer llama al teléfono que está
pegado en la heladera.
-Cuando esta enfermo busca el remedio en la heladera.
-Cuando está deprimido recurre a la heladera.
-Si quiere decirle a su mujer que la ama, le pega el mensaje en la heladera.
-Si se le extravió la escritura de la casa, no se preocupe, esta
arriba de la heladera.
-Si tiene insomnio, recostado sobre la puerta busca la solución
adentro de la heladera mientras la mortecina iluminación interior
recorta su perfil desprolijo y desasosegado en un dramático contraluz
sobre el fondo negro de la casa a oscuras.
-Si no tiene que demonios hacer, abre la heladera.
-Los animales de la casa se sientan a esperar frente a ella.
A pesar de todo esto quizás por su insípida palidez o por
su gélido perfil, la heladera no tiene todavía el reconocimiento
social de este lugar afectivo. Convengamos que nuestros hijos consultan
mas la heladera que la biblioteca. Alguna vez intentamos forzar algún
encuentro literario colocando algunos libros mezclados con el ketchup
pero fracasamos. Nuestro último intento es la mayonesa en la biblioteca.
No podemos negar que la parte de arriba de la heladera es uno de los lugares
mas tentadores para librarse de las cosas y sobretodo si su altura está
por sobre nuestro nivel de visión.
Si en este momento suspendemos la lectura y nos subimos a un banquito
encontraríamos algo similar a esto: las tabletas mata mosquitos
del verano pasado; el bendito pomo de adhesivo por el que acusamos de
extraviar al resto de la familia; una bolsita de pilas usadas que se va
llenando y no sabemos que hacer porque los ecólogos no se ponen
de acuerdo y una prueba de biología con un redondo cero valla a
saber de que bimestre.
Paradojalmente si el techo de la heladera esconde, sus paredes comunican.
Multitud de imanes sujetan mensajes, teléfonos de urgencias, y
propaganda de empanadas, pizzas, papas fritas y pollos asados sospechosamente
baratos. Justo cuando nos resignamos a que hoy también tenemos
que preparar la comida, ensuciar ollas y después lavarlas…nos
topamos con decenas de tentadores números de teléfonos que
ofrecen la comida lista en la puerta de nuestra casa.
Más de una vez dejamos nuestros pruritos de la comida casera y
sana alimentación y nos hundimos en el pecado posmoderno del delivery
el catering de medio pelo. Podemos abrir la puerta de la heladera por
varios motivos y el menos habitual es la ira. Pero sucede. Una manera
de bajar el acelerador en una discusión es irse, y un lugar bastante
concurrido es la heladera. Con la puerta abierta y la mirada perdida en
la margarina mascullamos a media voz todas nuestras razones esperando
alguna respuesta, algún eco favorable. Un amigo que cursó
algunos años de psicología y después encontró
su vocación en una gomería en Berazategui nos puso al tanto
del efecto heladera. “Es una metáfora: lo que buscamos en
realidad es la frialdad necesaria para tomar una decisión ecuánime
o la iluminación que nos acerque una solución mágica.
Todo depende de nuestra postura filosófica”. Pero en general,
parafraseaba el negro Benítez, “nos conformamos con dos cucharadas
de dulce de leche”. La larga y gélida mano del frío
llegó incluso hasta el baño. Hizo desaparecer los botiquines.
A fin de mes cuando los alimentos dejan espacios vacíos nos damos
cuenta que la heladera es lo mas parecido a un botiquín y a veces
a botica. Allí hay de todo: aspirinas, la gotita, un arrugado ají
verde, pastillas anticonceptivas, misteriosos frascos que dicen "recetas
magistrales", flores de Bach, un envase de pastillas Balda, barritas
de azufre, manteca de cacao, varios jarabes. Y un taper misterioso que
tuvimos la mala idea de abrir. Adentro más que el genio de Aladino
estaba el monstruo de Alien. Un camembert mohoso y homicida nos saltó
al cuello con verdadero ánimo de venganza….por suerte estaba
nuestro perro cerca que dio cuenta del lácteo asesino.
No es casual que nuestro perro estuviera al lado de la heladera. El y
el gato hace ya tiempo que veneran a esta señora porque descubrieron
que el maná no cae del cielo sino de la heladera.