Horacio Licera; Códigos y Passwords:

Las llaves, las claves, los códigos, el pin, los passwords. Instrumentos para franquear barreras que otros nos ponen y que también otros nos habilitan.
Tener la llave es la corroboración de nuestro poder para habitar lo que esta del otro lado. Ese poder algunas veces tiene que ver con nuestra aptitud, pero a veces lo compramos, otras nos lo regalan o simplemente lo tomamos. Poder entrar es importante pero solo si podemos salir y no quedar prisioneros.
Desde chicos supimos que era un mérito ser merecedor de una llave y quizás el recuerdo que marcó esta convicción fue cuando a aquel ciudadano ilustre le entregaron la llave de la ciudad. Desde la imagen en blanco y negro de la televisión la llave era enorme y supusimos que a la medida de sus méritos.
Sin embargo las dudas que arrastramos por un tiempo fueron varias:
1) ¿El pobre hombre tendría que arrastrar en el llavero aquella llave gigante casi como un calvario?
2) Dónde demonios estaba aquel enorme portón por el que se entraba a la ciudad y que nunca vimos?
3) ¿Qué peligros podían asecharnos si un día se olvidaba de cerrar el portón?
Fue entonces que intuimos que toda ventaja conlleva una responsabilidad. De ahí en más, lentamente, la vida nos proveyó de claves y combinaciones que alimentaban nuestro instinto posesivo e individualista.
En principio fueron mecánicas como la ansiada llave de casa y el candado en clave de la bicicleta. Pasaron los años y se sumó el teléfono saltando de las combinaciones mecánicas a las analógicas. Obtener el código analógico de acceso telefónico de aquella señorita rubia del quiosco era un logro que podía coronarse si lográbamos la combinación mecánica de la puerta de entrada al departamento de nuestro amigo.
De aquí en mas los periodistas también descubrimos que lo importante no era saber, sino acordarse del teléfono del que sabe.
A nuestro llavero se le sumo la agenda y el sector izquierdo de nuestro cerebelo que ya venia cargando con direcciones, números de documento, códigos postales y nombres que al fin de cuentas también son códigos con letras en diferentes combinaciones.
De todos los accesos conocidos descubrimos algunos homónimos como la ginebra llave, el pase inglés y los códigos morales y supimos la diferencia entre acceder y transgredir.
A la vuelta de la esquina y casi como de una nube nos sorprendió un chaparrón de tecnología: tarjetas de crédito, cajeros automáticos, tarjetas de acceso magnéticas, celulares, Mail e Internet. Llegó la hora de los códigos digitales y cada uno de estos con un nombre de usuario y contraseña. La seguridad que resguarda nuestra privacidad nos aconsejaba que la clave no fuera la misma, que no sean datos personales evidentes y mucho menos anotarlos en algún otro lugar que no fuera la agenda virtual de nuestras sinápsis.
A esta altura ya hay amigos que usaron hasta la fecha en que el hijo hizo caca en el inodoro por primera vez, los apodos íntimos de sus ex-esposas y los nombres de cada uno de los renos de Santa Claus.
Internet es una selva de passwords y al igual que en las praderas africanas, la sabia naturaleza creo a su depredador natural: el "hacker". Anárquico y omnívoro espécimen, que come por igual letras o números y que contrariamente al resto de los depredadores no ataca por hambre sino sólo porque no debería hacerlo. Sin embargo su apetito no es destructivo sino todo lo contrario: lo hace publico, lo expone para que todos nosotros -carroñeros informáticos- disfrutemos del banquete.
Convengamos que es la manera mas vampirica de matar un password. Guardar, codificar, encriptar.
Después de todo , desde que el mundo es mundo, San Pedro supo que tenia que ponerle llaves al reino y a la vuelta de varias eras geológicas y algún que otro asteroide, seguimos encerrados. Esta vez a punto de quedar enjaulados detrás del omni-multi-presente código de barras.