Patricia Suárez; Cruz Roja:

Pequeño dispensario de la Cruz Roja en una zona de guerra. Cualquier guerra de los últimos diez años, cualquier país. Hay un biombo, un escritorio, un teléfono. Sobre el escritorio una bolsita de papel que contiene el almuerzo de Linny. Limpio sin exageración.

Linny:
(golpean a la puerta)Un momento, por favor. Estoy ocupada atendiendo. (Linny se sienta y masca con rapidez el sándwich; escupe.) Qué asco. (Intenta tragar.) Ya abro... Qué asco. (Va hacia la puerta, abre.) Ah, sí... No es que no tenemos. No, no hay más inyecciones de penicilina... (Con horror) ¡No!! ¿Qué pastillas de morfina? ¡No! ¿Qué creen? ¿Qué es una tienda esto? ¿Qué es un tugurio de fumadores de opio? No puedo darles morfina. (Va hacia el escritorio, saca un arma.) A ver si comprenden: no hay. ¿Sufren? Ok, sufran. Cristo sufría y no se quejaba. ¡Cristo dije! Y bueno, háganse cristianos, ¿yo qué culpa tengo? Si digo que no hay más, no hay más. ¿Qué piensan?, ¿qué la fabrico yo? No, con esos modos no se puede entrar aquí. (Lentamente.) No se puede entrar. No. (Amartilla el arma) Hábleme más lento que no le entiendo. ¡Ay, pero qué lengua del demonio! No entiendo. Lento. ¡No le entiendo nada! No puede entrar acá. (Portazo. Suspiro luego, vuelve al sandwich.) Así no se puede vivir... ¡Ah, las verdes praderas de Wichita! (Se le escurre una lágrima.) Cuánta nostalgia. (Quejido detrás del biombo; Linny sale. Fuera) Cálmese, cálmese. ¿Me oye? No, no me oye nada. A ver... quieto, es un pinchacito nada más. Ya pronto vendrá el médico en el helicóptero y lo va a curar... Tranquilo, tranquilo, pronto va a estar bien. (Sale del biombo; malestar por el mal olor.) Apesta. ¿Por qué nunca está Schneider cuando se lo necesita de guardia? ¿Por qué se le mete hacer turismo en cada país en guerra que estamos, oh Dios? (Golpes a la puerta.) ¡Otra vez! ¡¡No hay morfina, no hay penicilina, no hay aspirina, no hay vacunas, no hay algodón, no hay ni jarabe para la tos!! ¿OK? ¡Lo único que hay es cinta adhesiva! (Se levanta, atiende.) ¿Qué pasa? Vendas. Sí, vendas. ¡No se puede hacer una bandera blanca con las vendas! Esto es para los heridos. No, no. Si se van a rendir yo no les doy nada. No sé, no me importa. Yo estoy al servicio de los enfermos y heridos. Si ustedes quieren hacer una bandera de rendición allá ustdes. Yo en asuntos políticos no me meto. No, no me meto. Yo estoy del lado del Bien. No, no sé quién son los buenos. Ah, OK. ¿De qué me acusan ahora? ¿Eh? Si ustedes viven como unos ateos asquerosos es culpa de ustedes. ¿O es culpa mía ahora? Ah, ah... Eso quería escuchar, OK. Un poco de gratitud. Las prótesis van a llegar mañana. Sí, mañana. Vienen en helicóptero. Las lanzan cada una con un pequeño paracaídas. Un espectáculo muy hermoso. Todas piernas, sí. No, brazos no... eso toca el... a ver... (se fija en un almanaque) ...viernes de la otra semana... ¿No tienen ninguna de esas fiestas religiosas suyas? ¿Cómo cuáles? Las paganas, las de... OK, ok. No quise faltar el respeto, lo siento. No, lo siento. Ya lo he dicho: no quise faltar el respeto a vuestro paganismo. ¡Ah, por el amor de Dios! ¡Cuando se ponen quisquillosos no los soporto! Terminemos. Mañana, piernas. No quiero una multitud acá formada abarajando piernas, por favor. Nada más los jefes vienen, en orden, y atajan una prótesis cada uno. ¡Los jefes! Cinta adhesiva les puedo dar. (Busca un rollo de cinta y se los da. Se marchan.) Así no puedo vivir, no puedo... Ah, Wichita, Wichita, ¿qué me hizo abandonarte? ¿Fue el amor al capitán Brendam? Ah, el amor mueve al mundo. (Va detrás del biombo. Fuera) Este hombre no respira... Míster Abdul... Míster Abdul... Ah, ahí está, qué susto. (Suena el teléfono. Atiende.) Sí, mi General. La sargento Linny, mi General. No, mi General. El capitán Brendam desertó. Huyó sí. Mejor no le digo con quién. Una malvada, General. Nativa, sí. Ejecutarlo, claro. (Pausa larga) ¿Qué? No puedo hacerles decir ‘Dios salve a la Reina’ a los nativos. No, no. Usted no comprende. (Titubeando) Un problema religioso, psí. Ellos no creen en Dios, psí. Ateos, sí. Comunistas, no sé. Terroristas, lo más probable. Compréndame. Aun cuando creyeran en Dios, ellos no quieren que la Reina se salve. No. ¿Cómo que por qué, mi General? Con el debido respeto, mi General. Ellos están en guerra en contra de la Reina; del Imperio, sí. ¿No es un poco...? (Asintiendo) ¡Claro que es la Reina la que manda las latas de sopa! ¡Los potes de cacao! ¡Las latas de atún! No, no las comieron. Dicen que había botulismo dentro. La desconfianza de los salvajes, claro. No, por supuesto, yo no comí eso... ¿Qué por qué lo dicen? Por salvajes, desagradecidos, ignorantes... Sí, cuatro perros se murieron. Pero enseguida los enterró el soldado Kramer, mi General. Les echó cal encima. Perros nativos, mi General. No, el Tiger se salvó gracias a Dios. ¡Por algo es un airedale terrier fuerte y sano y alimentado con alimento para perros americano (sabor a pollo, siempre, sí, mi General)! El soldado Kramer tuvo que esconderlo al Tiger; los lugareños se lo... sí, sí. Comer. Comen perros, mi General. Los estamos civilizando, mi General. Hacemos todo lo que podemos. Pero no abren las latas de atún, no. Cambio y fuera, mi General. Los justos, sí. Venceremos, mi General. (Estampida en la puerta.) ¡Ahora qué! (Voces y gritos en lengua del país) No entiendo nada, despacio. Gomer, sí. Ajula gomer. ¿Todos murieron? Qué lástima. ¡No! ¿A qué voy a ir yo? Si me dicen que están todos muertos. Ajula, ajula ¿qué quiere decir mombundia. ¿Qué? OK, si dijeron que fue un error fue un error. Lo siento, lo siento. ¡Pero desde el aire no se sabe que ustedes están festejando una boda! ¡Las bombas no distinguen la paz de los actos terroristas! ¿Qué más? OK, ya se disculparán, consuélense. El General siempre se disculpa con ustedes de los errores... ¡es una guerra, qué quieren! (Busca el arma, los apunta) Atrás. No, no, no. Yo no tengo nada que ver. Si hay heridos me los traen y los curo como puedo. ¡Fue un error! ¿Ustedes no cometen nunca errores? Ah, OK. Hay que saber perdonar. Dios en el Cielo nos perdona... ¡Afuera o disparo! (Traba la puerta con una silla. Va detrás del biombo.) ¡Dios mío, no respira más! ¡Mister Abdul! Vamos, vamos. (Sonidos de inspiración de Linny.) Ay, no puedo. Respiración boca a boca, qué asco... No... No puedo. ¡El fibrilador! ¿Dónde está? Ay, demonio. No hay electricidad. ¡Mister Abdul, respire! ¡Masajes cardíacos! ¡Respira, cariño, respira! Qué pena. Se murió. ¿A quién entregarán el alma estos tipos? (Vuelve a escena, compungida con las jeringas en la mano.) ¡Se me mueren todos, siempre! ¿Por qué me llegarán tan reventados? ¡No es justo! No puedo salvar ni uno! Hay que hervir esto... (Comprende.) Ah... le puse demás, eso fue. OK, un error. ¡Es muy difícil estar atento a cada detalle en una guerra! Es humano. En una guerra es humano equivocarse... y uno es menos humano que nunca... (Llora) Ah, Wichita, Wichita...