Patricia Suárez; Diva:
Una diva del teatro, en su camerino. Frente a ella su primer marido, muy nervioso.
Diva:
Un momento, Ladislao. (Se demaquilla.) ¿Estoy mejor así?
Es que... ¡Qué noche! Estaba justo por decir mi parte,
el momento en que yo... la Duquesa de Birmania, mi personaje, quiero
decir, y entonces te veo en la primera fila. Fumando. ¿Cómo
decís? Ah, no decís nada. Me pareció que habías
dicho... No pensás hablarme. ¿No podés hablar?
Bueno. Creí que habías mencionado que está prohibido
fumar en la sala. Pero no me molestaba eso... sino... A propósito,
¿te molesta que fume ahora? (Calza un cigarrillo en una larga
boquilla, fuma con mucho aspaviento). Estás igual. Al final,
tanto daño no te hice. Ni una arruga tenés. Nada. Como
si no te hubiera pasado el tiempo. (Transición). Esta obra
es una porquería. La vengo haciendo hace años, y a la
gente le gusta. Es como vos decías, cuando al público
se le mete un artista entre ceja y ceja, les da lo mismo haga lo que
haga. Vos escribías bien, Ladislao, ¿por qué
no seguiste escribiendo? Cada vez que me lo encontraba a Antonino,
yo siempre pensaba que él me iba a decir: “Ladislao tiene
una obra para vos, un papel para vos”, pero nunca me lo decía;
últimamente me vi obligada a hacer maniobras para esquivarlo,
él siempre un poco tomado, siempre hablando estupideces...
Me acuerdo de “El problema del dinero”. Eso fue un éxito.
Un éxito de lo que antes llamábamos un éxito,
del teatro independiente. Después dijeron que le habías
robado a Gorki. Yo pensé que hasta iban a hacerte un juicio
por plagio, aunque no sé bien quién te lo podía
hacer: ¿la Sociedad de Autores?, si Gorki ya estaba muerto
y además vivía en Rusia. Por otra parte, seguro que
no sabía una sola palabra de español... Con el asunto
del accidente, lo del plagio se silenció. (Se vuelve hacia
él.) ¿Sabés que nunca supe si era cierto que
le habías robado a Gorki o no? ¿Era cierto? (Pausa.)
No, ya sé. No me vas a contestar. En fin. Me dijeron que habías
ido de un fonoaudiólogo y te reconstituyeron la... Con el pañuelo
no se nota nada además. ¿Es de seda? Te hace una pinta
rara, de pintor francés. El amarillo te sienta muy bien. No
parecés en absoluto un marica. Para nada. (Al ver que el otro
no le presta atención y mira hacia afuera) ¡No! No, te
asustes: esta ala del teatro es muy segura. Además yo ya avisé.
¿Tenés calor? ¿No? ¿Me permitís
que me sirva un vaso con agua? ¿Seguro que no querés?
(Va hacia un aparador pequeño; se sirve visiblemente whisky.
Bebe.) Ya estoy mejor. ¿Estás de nuevo casado, querido?
Lo digo por la chica que vi a tu lado. ¿Es la actriz de...?
La húngara, me parecía. Así que es tu esposa.
(El otro hace señas.) No, no es tu esposa. No. Es tu novia.
(Más señas). Ah. No es húngara. ¿No? ¿Y
de dónde es? (Señas enrevesadas del otro; ella se exaspera.)
¡Me volvés loca, Ladislao, así! ¿Cómo
no te hiciste operar las cuerdas vocales? ¡Si no estaban tan
chamuscadas! (Pausa; ella se repone). La última te duró
muy poco. Lo sé por Libertad. La ví... de vez en cuando
la veo todavía... Tardamos mucho en volver a hablarnos, después
del accidente, pero con la última cirugía plástica
ella quedó perfecta. ¿La viste en este último
tiempo? Podrías asentir o negar con la cabeza, con eso me bastaría,
Ladislao. (Espléndida.) Ah, el mundo del teatro, el teatro
es así. ¿Y cuántos años tiene tu noviecita?
Veinticinco, me dijeron por ahí. Menos, tal vez: te gustan
las jovencitas: (pícara:) seguís siendo un pillo, mi
querido. Menos de veinticinco: te conozco. Eso ni siquiera es una
persona, Ladislao. Al final vas a llegar a la conclusión de
que el amor de tu vida soy yo. (Transición; el otro amaga marcharse.)
¡No, no! Por allá no podés irte. ¡No! Lo
siento, perdonáme, perdonáme, por favor. Yo... cuando
te vi sentado en la primera fila, Ladislao, me dije que esta era mi
oportunidad de pedirte perdón. Yo, Ladislao, ¿entendés?
Yo, la Grande. Cuando supe que te fuiste de Argentina para olvidarme,
te estuve buscando por medio mundo, ¿no te lo contaron? ¿Nunca
lo supiste? ¡Los remordimientos no me dejaban dormir! ¡Estuve
ocho años sin poder pegar un ojo! Madrid, París, Londres,
las grandes capitales. Me atormentaba pensar si estabas o no con Libertad;
y no es que yo fuera tan celosa como supe después que anduviste
diciendo por ahí: si tan celosa hubiera sido te habría
puesto vitriolo en el café o alguna cosa peor que encender
mal mi cigarrito... Me gasté una fortuna viajando detrás
tuyo; después me acordé que una vez me contaste que
esa anciana horrible y miserable que decías que era tu abuela
había nacido en la Europa del Este y su familia tenía
unas tierras allá. Corrí al geriátrico adonde
la habíamos encerrado, para que me revelara de dónde
era, por si vos estabas allá, y me dijo que era de Lituania,
de Albania o de Ucrania, que no estaba segura, uno de esos países
espantosos. Yo no sé si ya no se acordaba de puro senil que
estaba o si se hacía la estúpida. Debe ser una habilidad
de tu familia esto último... (El otro agarra un matafuegos.)
¿Qué hacés con eso? No tiene nada. Dejá,
Ladislao, dejá eso. Se usó cuando hicimos “Otelo”
y después lo guardamos en recuerdo. Ya van a venir, dejá.
Calmáte. Ya los llamé. (Señala.) Con el teléfono
de ahí. Sí. Justo tenía una moneda de veinticinco
centavos. Basta, vení. Vení. Ponéte cómodo.
Acá tengo unos puros, ¿te enciendo uno? (Le enciende
un puro; tose.) Creo que están húmedos; los admiradores
ya no son lo que antes. (Le da el puro.) Saben como a violetas, ¿no?
(Trágica.) Yo te juro que aquella vez no lo hice para hacerte
mal.Yo... la culpa era de la clase de amor que yo sentía por
vos: ¡un amor tan intenso! (El otro se marcha.) ¿Qué
pasa? No estoy haciendo teatro, Ladislao. Es que lo vengo ensayando
de hace muchos años. Cada mañana de mi vida, cuando
me levanto, me digo: Si alguna vez lo vuelvo a ver a Ladislao, le
tengo que decir al pobrecito... Yo... vos sabés muy bien cómo
te quería yo. (Pausa.) ¿Quiénes? Los demás
no cuentan. Ninguno. Ni Roittman. Enseguida nos divorciamos. Fue un
caballero. Un gentleman. Un señor. (Pierde la compostura.)
¡Un perro, Ladislao, un perro! ¡Me hizo devolverle las
joyas, los tapados, los vestidos! ¡Vos nunca me hubieras hecho
algo así! ¡Vos eras puro! ¡Puro y magnánimo!
(Pausa.) Las... las deudas, las cuentas las pagó Antonino,
que en ese tiempo no... (hace el gesto de tomar), unas nadas, no cuentan.
En el teatro independiente siempre se está uno arrastrando,
¿no es así? Nadie llega a millonario. (Pausa; pensativa.)
Al final voy a llegar a la conclusión de que el amor de mi
vida fuiste vos. (El otro comienza a llenar vasos y frascos con el
agua de un pequeño lavabo). ¿Qué hacés?
(Lo sacude; al otro se le caen los vasos, derrama el agua.) No seas
infeliz, Ladislao. Si te dije que ya los llamé, ya vendrán.
La rapidez de los bomberos es proverbial. Nunca me hacés caso,
sos un idiota. Miráte cómo estás, si hasta das
pena. Una víbora en tu lugar ya se habría suicidado.
Yo te dije: “Ladislao; esta comedia que escribiste es igual,
idéntica, a la de Gorki” y vos me viniste que el homenaje
a nuestros rusos, que nuestros rusos te inspiraron, hablaron por tu
pluma... ¿qué?, ¿eras médium? Te dije:
“Ladislao: esto es plagio”. Pero a mí qué
me importaba, yo estaba enamorada. ¿Me merecía yo que
le dieras el papel principal, y cuando digo principal me refiero al
de la Joven Bella a Libertad? ¡No, claro que no! Pero el señor
genio se lo dá a Libertad. ¿Qué me dan a mí?
La tía solterona de la Joven Bella. Solterona y contrahecha.
Lo de contrahecha nunca te lo voy a perdonar. Ni lo intentes. (Pausa).
Por lo visto ustedes se entendían a mis espaldas. Ah, yo era
una liebre en la mira del cazador y vos un cordero con piel de lobo.
(El otro, tantea la puerta, se quiere ir. Ella le grita.) Cada vez
que digo algo poético, te me ponés nervioso: ¡te
pensás que sos el único idiota con poesía en
el mundo! Hacé el favor de sentarte y escucharme que no te
voy a pedir perdón día por medio. (Lo empuja a un sillón.)
Así está mejor. (Sirve dos whiskies.) Tomátelo.
(Lo degusta; se da cuenta que usó la botella de utilería.)
Ah... (le saca el vaso de la mano y arroja el líquido lejos).
Qué porquería... Siempre me hacen lo mismo, para que
no tome, me ponen una de utilería... desgraciados. A Libertad
le hacen lo mismo. Cuando sale de gira. Por eso pone la ginebra en
una botella de Channel N° 6. Un cuarto litro. Extraordinario.
No, si yo siempre dije que ella era muy talentosa, que iba a llegar
muy lejos... En Alcohólicos Anónimos es la reina de
las fiestas. Ya no se saca la ropa como antes; perdió la costumbre.
Porque está vieja y por las cicatrices... ¿A vos te
quedaron cicatrices, Ladislao? (Pausa angustiosa.) Mostráme.
(Suplicante:) Mostráme, por favor. No he podido vivir sin saber
cómo te habían quedado... (El otro se saca la ropa y
se desata el pañuelo al cuello; ella mira absorta las cicatrices,
les pasa la yema de un dedo, las acaricia, se tira a los pies de él).
Perdón, perdón, perdón, Ladislao. (Él
trata de levantarla. Ella toma el matafuegos, se lo da, sigue tirada
a sus pies.) Pegáme, pegáme: acá en la nuca.
Quiero morir. Morir a manos del hombre a quien perteneció mi
corazón... (El otro trata de hacer funcionar el matafuegos
en dirección del fuera de escena). ¿Qué hacés?
(Furiosa.) ¡Dejá ese matafuegos quieto! Te lo dí
para que me mates, no para que apagues el fuego. ¿No ves que
sos un idiota? No sabés aprovechar ninguna ocasión que
se te brinda. Me decepcionás, Ladislao, siempre me hacés
lo mismo. Te lo dije quince minutos antes de entrar a escena aquella
vez, ¿te acordás? Treinta y cinco años atrás.
Dáme el papel de Libertad o quemo el teatro. Vos te reíste,
me besaste. ¡Judas, Judas! Sos un Judas. Pero yo te avisé.
¿Te avisé o no te avisé? Ah, sí. Pero
después la loca soy yo. Y la pena hay que tenérsela
a los otros. Yo, que me muera. Yo, que me encierren en un manicomio.
Yo, la pirómana. Menos mal que por una vez en la vida se te
ocurrió algo inteligente. Tu abuelita no te lo va a perdonar
nunca, me dijo. Que la hayas inculpado de una manera tan vil. Qué
mujer más horrible, ¿te acordás cómo se
resistía a creer que fue ella misma con la pipa la que...?
(Transición.) Besáme. Besáme, demostráme
que me amás aún. (El otro se resiste.) Yo puedo interpretar
tus silencios. Siento tu deseo, Ladislao. Tu calor, besáme.
Vamos. (Pausa; furia:) ¿Qué fuego? ¡No es por
el fuego! ¡Tu calor es por mí! Por yo, la Grande. (Más
furia.) A ver, ¿qué se quema? (Sale de escena. Vuelve
intranquila, pero simulando) Nada, el telón, el escenario...
Mejor. Esa pinotea del piso era insufrible. Un montón de veces
estuve a punto de resbalar... (Oyen explosiones; la luz parpadea;
con los programas de teatro, ella arma dos abanicos para apantallarse
por el calor). Una vez hice de la tía Polly. Un horror. La
tía de Tom Sawyer. Me pasaba la obra abanicándome las
tetas. Nunca supe si porque se suponía que del río Mississipi
sube un calor atroz o por la menopausia. Yo empezaba a envejecer por
aquel entonces; no sabía darme mi lugar. Es el destino de la
mujer artista: cuando es joven y necesita dinero, posa desnuda para
el almanaque de una gomería; y cuando es vieja y necesita dinero
interpreta papeles de tía anciana para recaudar fondos para
los anormales de alguna parroquia de pueblo. Pero siempre está
el problema del dinero, querido. El mismo problema del dinero. (El
otro tose.) ¿Tenés tos? El cigarrillo, Ladislao. ¿Qué
tabaco fumás? Negros, seguro. ¿Te acordás cuando
conseguíamos esos cigarritos de Virginia perfumados con azafrán?
(Pausa.) Ah, no, no. Yo no lo siento. ¿Qué humo? ¿Te
parece que entra humo? Cerramos la puerta si querés. Vos sos
muy susceptible, yo no veo ningún humo. ¿No será
la presbicia? Viste que a tu edad... (El otro cierra la puerta trabándola
con fuerza.) Mejor, así tenemos más intimidad... Mirá
si a esta altura de nuestras vidas, todavía... Mirá
si... (Ella se sienta en el diván.) Colchón de plumas.
(El se atrinchera contra la puerta.) Bueno, no seré una princesa
rusa, pero todavía tengo mis exigencias respecto del sexo...
No vayas a creer que me conformo con cualquier artículo...
(Ilusionada.) ¡Necesito el romance! (Se acerca a él contorsionándose.)
¿Cómo me ves? Seductora todavía, me lo dicen
todos. (El otro hace señas espantosas.) Sí. ¿Qué?
(Sin comprender.) ¿Te agarró la timidez? (Entiende.)
¡Sos un imbécil! Ya los llamé, te dije. Los llamé
del teléfono aquel. ¿Sabés por qué los
llamé? Para demostrarte que no soy de las que se tropiezan
dos veces con la misma piedra. ¡No! ¡Mi piedra ya está
chata! Chata, ¿entendés? La podría pasar por
debajo de una puerta de tantas veces que... (Serena.) Pero ahora aprendí.
Sí, aprendí. Y no sería capaz de meterle fuego
a un teatro por unos celos injustificados... Quería demostrarte
que puedo llamar a los bomberos. Que mi amor por vos me hace llamar
a los bomberos... Es cierto que hace treinta y cinco años ni
siquiera llamé a la ambulancia. Tuve un poco de lástima
por las enfermeras de emergencia, cuando los vieran a ustedes así,
seguro que las que estaban preñadas iban a parir luego hijos
deformes. Al final, con los años, Roittman logró consolarme.
Me dijo: las enfermeras de los servicios de emergencia son como una
esposa con quien se ha estado casado veinte años: llegues como
llegues, nada las impresiona. (Pausa.) ¿Cómo celos justificados?
No entiendo. Si me aclaraste que lo de Libertad fue una cosa pasajera,
una calentura del momento que... Ah, estaban juntos en Suiza. No,
no fui a Suiza. ¿Y qué hacían, comían
chocolates y miraban la hora? Estaban en una clínica. Pero
a vos te operaron mal, se nota. Ella está espléndida,
por supuesto. Después que anduvo por ahí haciendo Ibsen...
Mal, lo hace, pobrecita. Nunca tuvo talento para las tablas. Además,
nadie que la ve en el papel de Nora, logra siquiera imaginar que ella
puede ser una mujer sometida por su marido. Debe ser por el aspecto
físico. Ella da más para tabernera, para madama... Pero
a la gente le gusta. Es como vos decías, Ladislao, cuando al
público se le mete un artista entre ceja y ceja, les da lo
mismo haga lo que haga. (Entra un humo negro, él se tira al
piso.) No, no me supliques, Ladislao. Levantáte. Te perdono
todo, soy tan generosa que ya no me importa lo de Libertad y... Levantáte,
no exageres. (Ella trata de levantarlo; él se resiste.) Vení,
hagamos el amor acá. (El se resiste a ser llevado al diván.)
Que nos encuentren en las cenizas del amor... (Pánico de Ladislao,
se lanza a la puerta, etc.) ¿Qué hacés? Es un
dicho. “Donde hubo fuego...” Si te dije que los llamé.
Hacéme el favor vení para acá y desnudáte.
Rápido, que enseguida pueden llegar... ¿Cómo
que no? ¿Por qué no? Antes lo hacías en tres
minutos. Yo me pasaba cuarenta minutos encremándome y peinándome,
quemando sahumerios, poniendo pantallitas de colores y vos en tres
minutos te despachabas el asunto. (Tose.) La bebida, la bebida. Le
dije a Libertad: si seguimos jugando a las damas así vamos
a terminar en coma. Jugamos ahí, en el vestíbulo, cuando
el teatro está cerrado. Los jueves. La que gana una pieza hace
fondo blanco de whisky. Escocés, por supuesto. Importado. (El
otro se saca la ropa con la intención de no ser quemado por
las llamas; permanece en calzoncillos.) Ah, ¿te tenté
al final? Es que yo soy Eva para los hombres. (Pensativa, va sacándose
la ropa.) Siempre me preguntaba, Ladislao, en aquel tiempo: ¿adónde
carajo te metías después aquellas noches? Libertad dice
que con ella no ibas. Me lo confió. Al tiempo que compramos
el teatro. ¿Sabías que era nuestro...? (Sorpresa del
otro.) No le dimos mucha publicidad al asunto. Como yo no estoy divorciada
con papeles de Moris... el muchacho aquel, con el que me casé
hace unos años, un sol de chico, una belleza... ¡un crápula,
Ladislao, un crápula! ¡Se gozó de todos mis ahorros!
(Tose.) Tuvimos miedo que mi parte del teatro apareciera como bienes
gananciales y... (Un sonido agudo, lejano.) Ahí están:
la sirena de los bomberos. (Pausa; oyen.) Ah, no, no. “Amor,
rosas y vino”. Richard Strauss. El fuego accionó el tocadiscos.
Cierto que ahora no se dice más tocadiscos. ¿Cómo
es que se llama...? (El otro se persigna, se arrodilla, reza.) ¿Qué
hacés? ¿No eras ateo? (El otro se tapa los ojos con
las manos, llora; dibuja letras en el piso.) Estás como Cristo
dibujando en la arena. ¿Te agarró el delirio místico,
Ladislao? (Humareda; ella busca.) Yo tenía un sahumerio...
un sahumerio... para que mate el olor, ¿dónde...? (Sollozo
de Ladislao; invisible por el humo.) Al final, qué capricho.
¿Para qué viniste a verme? Yo no te invité. Libertad
no te invitó. Pensé: me debe traer un ramo de flores,
un presente... Pero resulta que al lado tuyo se sienta la taradita
esa que hace de Ofelia en... Y mal, lo hace, pobrecita. No tiene ni
una pizca de talento para las tablas. Además, nadie que la
ve en el papel de Ofelia, logra siquiera imaginar que ella puede ser
una joven pura enamorada del príncipe Hamlet. De hecho, para
enamorarse de Hamlet a una tiene que faltarle un tornillo. (Despectiva:)
Ya para enamorarse a una debe faltarle un tornillo. Debe ser por el
aspecto físico que tu noviecita no da de Ofelia. Ella da más
para copera, para cabaretera... Me estás escuchando, Ladislao,
¿no? No vayas a desmayarte justo ahora. (Trágica; tantea
por el suelo, hasta hallar a Ladislao.) ¡Yo te amo, Ladislao!
(Él tantea su ropa por el suelo.) ¿Qué buscás?
¿Qué buscás? ¿Querés un cigarrillo?
¿Ahora? Esperá, a ver... tengo unos egipcios en el cajón
del... (Se golpea con los muebles; se choca con Ladislao). Serás
infeliz... (Él encuentra una cajita; se la tiende.) ¿Y
esto qué es? ¿Un pastillero? ¿Qué? ¿Llevás
el cianuro a todas partes como los partisanos? (Abre la cajita. Ella
se tapa la boca con las manos.) ¡Oh! (Saca una alianza de matrimonio.)
¿Era para mí? ¿Era para mí? (Se la prueba.)
No me engañés, mirá que yo puedo leerte hasta
los pensamientos, Ladislao. Y la nenita ¿quién es? ¿Nadie?
No me vengás con que es nadie, que un momento de calentura...
ya me conozco el... ¿Tu sobrina? ¿De tu hermana de Albania?
¿De Ucrania? ¿De Lituania? De Eslovenia. Eslovenia,
eso es. Disculpáme, es la emoción, se me confunde el
mapa. (Pausa breve.) Pero mirá que sos idiota, vos también.
Venir a decírmelo justo ahora. (Se mira la mano, con el anillo,
él se acerca, la besa en los labios, romántico. Pausa.)
Ay, Ladislao. Ay. Y yo que no llamé a los bomberos.